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Venezolanos desesperados apuntan hacia Colombia mientras la preocupación aumenta

  • Saraid Valbuena, 20, con su esposo, Jesus Barrios, en Bogota, Colombia. (AP Photo/Fernando Vergara)

Bogota, Colombia (AP) – Cuando el primer indicio del amanecer se extiende sobre un barrio colombiano conocido como “Pequeño Mene Grande” que lleva en nombre de la cálida ciudad venezolana de donde provienen muchos recién llegados, seis hombres y mujeres se levantan de colchones desgastados y aplastados.
Las mujeres se maquillan frente a un espejo que cuelga de las barras de seguridad dentro de una ventana. Una envuelve a su hija de 4 meses en una manta amarilla peluda. Los hombres llevan chaquetas y gorras de béisbol.
Bogotá es fría comparada con su ciudad natal venezolana, y su día será largo. La tarea: Vender 54 mangos a menos de un dólar cada uno, esperando enviar una pizca de lo que ganan a sus familiares que luchan cada vez más en casa.
“Nunca me imaginé viviendo así,” dice Génesis Montilla, 26, una enfermera y madre soltera que dejó a sus tres hijos con su abuela.
Mientras Venezuela se sumerge en la ruina política y económica, la huída de sus ciudadanos se está acelerando, alcanzando niveles nunca antes vistos en su historia. Los expertos creen que casi una décima parte de su población de aproximadamente 31 millones viven ahora fuera del país. Para los profesionales con mejores condiciones, el destino preferido es España o Estados Unidos, donde los venezolanos están sobrepasando sus visas en masa y ahora piden solicitudes de asilo por primera vez – 18,155 solamente el año pasado.
Pero para muchas personas pobres huir de la inflación de tres dígitos, las filas de comida de varias horas y las escasez de medicamentos de Venezuela, Colombia es el destino final del viaje. La nación andina vecina ha recibido a más venezolanos que cualquier otra nación. Los cálculos indican que más de 1 millón han llegado en las últimas dos décadas, contrario a la tendencia anterior de Colombianos huyendo de la guerra hacia Venezuela.
Los más desesperados cruzan ilegalmente por una de las cientos de “trochas,” caminos sin pavimentar a lo largo de la porosa frontera de 2,200 kilómetros de Venezuela con Colombia.
“Cuando usted habla con venezolanos, todos dicen, 'quiero venir,'” dijo Saraid Valbuena, de 20 años, quien hizo el viaje con su esposo y su hija de un mes de nacida a comienzos de este año. “Aunque usted llega aquí a dormir en el piso, la gente quiere venir porque saben que con un día o dos de trabajo al menos pueden comer.”
Valbuena y Montilla comparten cuatro habitaciones diminutas hechas de bloques de cemento con otras 12 personas. Han buscado chaquetas usadas para resistir el clima húmedo y andino de Bogotá. Uno de los colchones aplastados en una habitación fue sacado de la basura.
“Todos los días me levanto queriéndome ir, pero no puedo,” dice Montilla, quien en Venezuela vivía en una casa cómoda con sus hijos, pero ganaba menos de lo que cuesta un tubo de pasta dental por un día de trabajo en una clínica de urgencias.
En un día típico, Montilla y otros cinco toman un autobús hacia un mercado mayorista de alimentos donde compran mangos. Pero en este día, la temporada de mango se está acabando y los precios están subiendo mientras que la fruta se vuelve más escasa. En lugar de casi $4 por un paquete de 30 mangos, el vendedor quiere $7.50, casi el doble.
No tienen dinero.
A cambio, deciden tratar de vender en una parte más rica de Bogotá los 54 mangos que les quedaron almacenados durante la noche en los carros de madera. Bebé envuelto y chaquetas puestas, el grupo parte de su apartamento hacia la estación del autobús. Mientras se acercan a la estación, dos policías con chaquetas con reflectores amarillos los paran.
“Tarjetas de identidad, todos,” exige un oficial.
“Somos venezolanos,” contestan varios en el grupo.
Los oficiales, sorprendidos por la franqueza del grupo, anuncian que van a llamar a migración, una amenaza que no perturba a los venezolanos. Una de las tres niñas en el grupo saca una tarjeta de frontera que permite viajes cortos dentro de Colombia. Los oficiales parecen satisfechos pero les dicen que carguen tarjetas de identificación la próxima vez.
Aunque muchos vienen de clases medias y bajas de Venezuela, Montilla y sus amigos han visto incluso a profesionales calificados como arquitectos e ingenieros llegar a Colombia y dormir en las estaciones del autobús.
Montilla dijo que ella decidió irse cuando sus hijos comenzaron a decir, “tengo hambre” y ella no tenía nada para alimentarlos. Ella le habló a sus hijos de sus planes antes de irse. “Ve,” le dijo su hijo mayor de 10 años. “Para que no tengamos hambre.”

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Wednesday, July 5, 2017